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martes, 30 de octubre de 2012


Entre olas huye la marea, siempre feroz y ligera. Tras la aparición estelar de la Luna en la función, los aplausos continúan en su eterno suicidio, muriendo así contra rocas su incesante poema con susurros entonado.

Entre pisadas incompletas se desvanecen los besos antaño robados, sin cargos de conciencia disfrutados. La brisa barre sin recelo los rastros de un sol que horas antes ofrecía calor sin egoísmo alguno. La noche es fría, el ambiente cálido.

Entre arenas discuten los vientos, causan estragos sin escuchar tan siquiera de estas sus lamentos. Bailan a destiempo, rozando cuanto se cruza en su camino, sin rumbo fijo pero destino asignado.

Entre caídas en picado se imponen en hermosa alza atrevidos acantilados, vigilan la playa y tiñen de verde una costa en la que barcos de tiempos lejanos su final vieron encallado.

Entre sombras no siempre inocentes, se apaga el color de un bosque a diario respirado. De su vida conviven seres aprovechados, las gracias no siempre le son dadas. Desbordando belleza extrema su fauna y flora firman una turbulenta estampa, para amantes ajenos... inigualable cuadro, por una noche ignorado.





Foto y texto originales de Caroline A.N.





jueves, 4 de octubre de 2012

Una mirada bastó para que me hiciera una idea de lo que había pasado. Con las manos aun llenas de sangre, sus lágrimas aun correteando mejillas abajo y los nervios jugándole una mala pasada impidiéndole hablar con coherencia... me contó como había llegado a esos extremos.

Desde que el verano pasado nos habíamos conocido en la fiesta de mi prima, había encontrado en él alguien en quien confiar, con quien huir de las discusiones que a menudo se repetían con mi pareja y una persona con la que contar para pasear largas tardes por la alameda de mi ciudad. Jonathan era así, receptivo sea cual fuese el momento del día y disponible el resto del tiempo. Sin embargo, a la inversa era totalmente diferente. No lograba sonsacarle nada sobre lo que en su cabeza se paseaba.

La semana anterior, un sábado por la tarde más concretamente, me había entrado el antojo de ir de tiendas al nuevo centro comercial que acababa de abrir. La tarde fue muy amena y tras rogar durante horas, Jonathan accedió a reunirse conmigo. Mientras le esperaba delante de una tentadora pastelería, cargada de bolsas y con los pies palpitando como si tuviesen vida propia... me encontré con una antigua compañera del instituto. Charlamos un rato, lo cual agradecí visto que cierta persona tardaba más de la cuenta en llegar, hasta que finalmente anunciaron por megafonía el cierre del centro.

Salíamos por la puerta principal justo cuando apareció Jonathan. Hice las presentaciones correspondientes y para cuando me di cuenta, yo era ajena a una conversación que mantenían los dos sobre películas. Solté la mentira piadosa del día al decirle a mi amiga Lena que Jonathan vivía cerca de su calle y como ya era tarde, era conveniente que la acompañase. Ambos se despidieron de mi y fue en ese momento cuando me imaginé a mi misma con unas alas de lo más encantadoras y un arco en mano cargado, estaba claro que el cansancio empezaba a hacer acto de presencia.

Pasaron los días y los tres pasábamos tarde tras tarde recorriendo la ciudad sin nunca llevar rumbo fijo. Las chispas entre ellos saltaban candentes de un lado a otro, por lo cual decidí dejarles espacio aquellas horas que quedaban para el anochecer y fingí un tremendo dolor de cabeza para poder escaparme sutilmente.

Y a la mañana siguiente, fue cuando Jonathan se presentó en mi casa teñido de rojo.

Aun no comprendía muy bien si aquello se trataba de una broma o si tenía que preocuparme seriamente... o tal vez era el momento de gritar a lo película de terror de alto presupuesto. Simplemente, me quedé callada y noté como mi cuerpo poco a poco se enfriaba. Desde fuera me hubiese visto más blanca que la pared que nos rodeaba en aquellos momentos.

Jonathan se dejó caer en un rincón, recogió sus rodillas y enterró la cabeza en ellas. Yo seguía sin reaccionar. No podía hacer nada que no fuese mirar sus rojizas manos e imaginarme lo peor o quizás, esperarme lo mejor dentro de lo que cabía.

No sabría decir si pasaron minutos u horas, pero Jonathan por fin habló claramente pero ausente de cordura.

Tras mi escapada, él y Lena habían proseguido su paseo hasta completar el recorrido de la muralla que rodeaba el casco antiguo. La marcha era lenta, la brisa lo justo para no enfriarse y la tensión entre ambos adornaba la escena de una manera torpe y cómica. Cuando por fin se sentaron en un banco del parque cerca de la casa de ella, empezó algo que Jonathan hubiese querido evitar a toda consta. Lena le contó experiencias pasadas, roturas, problemas personales con su padre y un sinfín de cosas que le habían sucedido con el paso de los años. Cuando le llegó su turno a él, se negó rotundamente alegando que no quería amargarle la noche y Lena, para su desgracia, insistió. Tras largos silencios incómodos aliñados de discusiones acerca de la carencia de confianza que él mostraba, le relató lo que jamás le había contado a nadie, un pasado manchado de maltratos, abusos, centros de menores y robos por doquier. Y fue en ese momento cuando vio el miedo en sus verdes ojos, fue en ese instante cuando una vez más... la lástima que asomó en su cara despertó la rabia que tanto tiempo llevaba dormida. Tras gritarle y desagradecerle su compasión, se levantó y puso rumbo a su casa. Lena, sin saber como reaccionar, tardó unos segundos antes de echar a correr detrás de él. 

A penas habían llegado a la puerta de la muralla cuando la discusión estaba en su más alto auge y los insultos ya eran parte del vocabulario frase a frase. Y poco después, el tiempo se aceleró raudo y veloz sin dejarle tiempo a las piedras que observaban tras siglos sin aventuras, a entender la escena que se presenciaba. 

Un golpe tras otro. Un grito acompañaba el siguiente. Un guijarro del tamaño de un puño, sin soltarse de la mano que lo aferraba, se hundía en un cráneo. Y acto seguido, un cuerpo se alejaba del otro corriendo como alma huye al diablo.

Mi corazón latía lento por momentos, y por otros... sencillamente moría. Me senté junto a él y apoyé en su hombro. Todo va a salir bien, era lo único que repetí durante las horas que sucedieron.

Y ahí esta él, tras los barrotes de la justicia. Y aquí estoy yo, tras las paredes acolchadas de mi habitación, deseando salir para poder gritarle al mundo que no era tímido, sino un niño traumatizado encerrado en un cuerpo de un hombre... y yo ya no soy persona, sino un cuerpo inerte encerrado en uno que pasea de un lado a otro en mi vigilado jardín, tras similares pero no iguales rejas.


Foto y texto originales de Caroline A.N.





 

sábado, 29 de septiembre de 2012

Desde el huracán a la más serena calma. Mensajes sin palabras, sonrisas tímidas que aun no están listas para asomarse al mundo. En ocasiones a oscuras, otras llenas de luz. Algunas perdonan, otras guardan rencor hasta la saciedad. 

Unas se buscan entre sí, y otras se evitan.  Están las que destilan necesidad, o las que desbordan indiferencia.  Se pasean las que carecen de autoestima, y las que transmiten energía por doquier. Nos topamos con algunas que nos enamoran, o en ocasiones... tropezamos con las que nos hacen emanar poco más que odio. Buscamos en las ajenas, aquello que nos falta para seguir adelante. 

Azules, castañas, verdes, negras, pardas... pintan rostros y decoran risas. Ceñidas, intensas, intrigantes, alegres... adornan palabras y silencios. La variedad es inmensa, la finalidad similar. Las miradas miles, la belleza de las mismas... sin límites.

  



Foto y texto originales de Caroline A.N.

jueves, 27 de septiembre de 2012

Que inocente parecía la mirada de los más pequeños, pero todos sabíamos que en un par de años todo cambiaría. Se convertiría, al igual que sus semejantes, en una auténtica máquina de matar. Habíamos matado algunos de ellos, por hambre o bien por tratar de defender nuestro hogar...y ellos ahora, a mi madre. En ese momento no era más que un pobre ser abandonado a mi suerte ante aquellas bestias que solo querían acabar con mi vida, saciar su sed de querer ser el mejor del grupo....pero no me rendiría tan facilmente, aproveché que se habían distraído con un ruido no muy lejano, y me escapé. Corrí cuanto mis extremidades me lo permitieron, a pesar del hambre que acechaba cada rincón de mi estómago. Pero la rabia que sentía en mi interior por aquellas fieras amainaba todo cuanto sucedía en mi cuerpo y lo sustituía por un mar de venganza en el que el viento empezaba a soplar salvajemente... Me detuve en un claro, me escondí entre la hierba y esperé. Al cabo de un rato oí pasos, y los vi pasar. Si. Los vi pasar por mi lado, con su rara forma de andar sobre dos patas, el cuerpo desnudo y sin pelo... humanos. Bestias y fieras que mataban a los míos por placer. Y yo, huérfano y abandonado a mi suerte con apenas unas lunas de vida... sin ánimos de sobrevivir en la intemperie de mi tierra.




Foto y texto originales de Caroline A.N.


domingo, 23 de septiembre de 2012

Día tras día, recorría la misma ruta para ir a trabajar. Descendía por una de las calles del casco antiguo para poder acortar el tiempo que me llevaba alcanzar la meta y de paso, poder escapar de las ruidosas bocinas y del barullo de la hora punta. Conocía muy bien aquello, y los personajes que conformaban mi pequeño paseo matutino. Era cierto que desconocía sus nombres, pero no la función que desempeñaban en mi ciudad. 

En cuanto emprendía mi camino a través de aquellas calles, me llegaba el olor a pan recién hecho de la panadería de la esquina junto con la fragancia de sus deliciosos y tentadores dulces. Aun no se había disipado del aire el toque dulzón cuando ya lo impregnaban las flores del puesto que metros más allá se instalaba. Siempre lucían perfectas, coloridas y juguetonas con las primeras brisas de la mañana. Podría seguir hablando de todos y cada uno de los individuos que decoraban mi rutina, pero ya os hacéis una idea de lo mágico que era caminar entre aquellos muros de piedra que mil historias tenían que contar.

Todo era igual, hasta que un día mi ruta tuvo un personaje más que presentarme. Se había instalado al lado de la fuente. Me encantaba aquel rincón, en el que bastaba con sentarte al lado de las aguas y dejarte mecer por el arrullo de su caída para olvidar cuanto el estrés pudiera perjudicarme. Al principio no conseguía ver que papel le había tocado interpretar en todo mi cuadro, hasta que pude observar una caja de la cual sacaba piezas y con minuciosa fragilidad las montaba. Una vez hubo acabado,  pude contemplar  una hermosa cámara de fotos que, sin duda alguna, cientos de caras habría retratado y otros tantos momentos había inmortalizado.

Si me retrasaba demasiado, llegaría tarde a trabajar y supondría otra bronca de mi jefe. Con recelo seguí andando, con la intención ya más que clara de volver al finalizar mi turno para interrogar a aquel desconocido.

Las últimas luces caían tras las montañas cuando por fin, terminé mi jornada. Me dirigí casi corriendo hasta la fuente donde esperaba encontrar al curioso hombre de los retratos. Una vez allí, y tras comprobar que no corría riesgo alguno acercándome sola a un hombre cuando la ciudad ya soplaba viento de soledad en sus calles, le saludé con cautela y recibí como respuesta un leve pero apreciable asentimiento de cabeza. No mencionaba una sola palabra, respondía a mis preguntas y dudas con gestos. 

Tras ver que no iba a poder averiguar nada del retratista, me despedí y justo cuando iba a iniciar mi marcha de vuelta a casa... una mano agarró mi brazo y me frenó en seco. Sentí que mi corazón latía cada vez más fuerte y por mi cabeza pasearon una corriente imparable de remordimientos por ser tan imprudente. Pude respirar al fin cuando me soltó y con un sutil movimiento de mano me indicó que me colocara delante de su cámara. Lo hice inconscientemente, no sabría decir si por miedo o curiosidad.

Me miraba con sabiduría y ojos de artista calculador. Se frotó la barba con una mano, mientras con la otra medía el aire que me rodeaba. Por fin acabó mi espera, apenas tuve tiempo de reaccionar cuando una cegadora luz me dejó aturdida. El hombre asintió de nuevo e hizo de nuevo un movimiento de mano para indicarme que me podía ir.

Volví a casa con paso apresurado, el corazón me corría con tal fuerza que poco tenía que envidiar a una manada de ñus huyendo. El sueño no me fue fácil de conciliar, no entendía lo sucedido y la preocupación de que podría haberme pasado se negaba a remitir.

Cuando el sol se coló de nuevo por mi ventana, seguí mis costumbres y tras desayunar me dirigí al trabajo. Estaba decidida a resolver el cuento del misterioso individuo. Pero para mi sorpresa, cuando llegué a la fuente, él no estaba. Quizás llegaría más tarde, o de eso me intentaba convencer yo. Otro día más de intenso papeleo llegaba a su fin, y de nuevo puse rumbo al puesto del fotógrafo.

Nadie. Allí no se veía ni la más mínima señal de que en todo el día hubiese estado alguien. Me acerque frustrada y con pinceladas de rabia asomando. Me senté en el pequeño banco de piedra y la sorpresa que llevé fue totalmente bipolar. Posada sobre la fría piedra estaba la foto. El retrato era espectacular, los contrastes entre el blanco y el negro rozaban la perfección, el encuadre insuperable y la expresión de mi rostro me era desconocida pero me agradaba.

Detrás del retrato escrito quedó por mano ajena:

“Las palabras conquistan el mundo, no todas son habladas, y las imágenes cuentan sus historias. Guarde en su memoria el recuerdo de un pobre viejo que a cuestas carga con la edad y al mundo roba su esencia tras su inmortal caja. Con afecto y sutileza, le saluda un artista admirador de su belleza. Firmado: El Mudo.”


Foto y texto originales de Caroline A.N.







jueves, 20 de septiembre de 2012

Podrás dudar de la gente que os rodeaba en aquel momento, la canción que sonaba de fondo, el vestido que lucías ese día o la camisa con la que él procedía a conquistarte. Quizás llegue el día en el que olvides las palabras que salieron de tu boca, de la suya o de quienes observaban la escena. Es posible que las palabras se te queden cortas para describir aquella chispa que hizo aparición al inevitable contacto entre ambos. Perecerá la flor que adornaba el abrazo. También es probable que desaparezca la foto en la que alguien inmortalizó el instante, borrando ante ojos ajenos el suceso.

Pero de lo que estás completamente segura es de como te sentiste en aquella corta pero intensa fracción de tiempo. El motivo por el cual decidiste rendirte a las jugadas de la mente, las emociones que luchan por salir a flote y el ritmo cabalgante que adoptaron tus pulsaciones. No desparecerá el brillo de ojos, culpable de querer quedar tatuado en quien le devuelve la mirada. Se buscarán de nuevo los labios que desataron un mar de húmedas chispas candentes, para sentir de nuevo esas primeras corrientes.

Cambian los tiempos, las palabras y los gestos... pero lo que el paso de los años hace inmortal es la tensión que nace entre dos personas, casada en perfecta armonía con las sonrisas que el recuerdo despierta tras largos días dormidas.


Foto y texto originales de Caroline A.N.

miércoles, 19 de septiembre de 2012

La tarde avanzaba calurosa aquel día. Los banderines coloreaban las calles anunciando las fiestas del pueblo y el olor a los pasteles que acompañarían los bailes por la noche ponían el toque final al ambiente.

Claudio observaba desde su ventana las nubes buscando formas que adivinar y admirar. Desde allí podía ver el campo de la feria con sus múltiples tenderetes de comestibles y alguna que otra atracción. Desde que le habían anunciado las festividades vigilaba desde la habitación cada movimiento de cada día y de cada uno de los personajes que por allí pasaban. Impaciente, aguardaba la llegada de aquella primera noche del verano para salir con su mejor par de pantalones y su más blanca camisa.

Su madre lo llamó por tercera vez para comer, pero  Claudio seguía absorto en la perfecta armonía que conformaba todo aquello. Finalmente, bajó y se sentó en la mesa junto a su padre. Con una sonrisa de oreja a oreja, este le preguntó:

-         -  ¿Estás listo para las fiestas, renacuajo?

Por supuesto que lo estaba, desde hacía semanas contaba los días que faltaban en el calendario.

-          - Si, padre. Lo estoy.

-          Dicen que este año habrá algo nuevo, algo único nunca visto por aquí. Y que a los niños encanta...

-          - ¿Qué es?

No se lo podía creer... ¿Algo nuevo? ¿Acaso se podían mejorar las fiestas de otros años?

-          - No lo  sé, pero apuesto a que pronto lo descubrirás.

Durante el resto de la comida, Claudio dejó divagar su enorme imaginación pensando en que podría ser aquello que encantaría a los niños del pueblo. Por su cabeza pasaron dragones enjaulados, norias que tocaban los cielos, colchonetas que hacían saltar tanto que se podían cazar estrellas... todo demasiado fantástico, pensó, pero dejó que sus sueños lo entretuvieran el resto de la tarde.

Horas más tarde, cuando la noche ya se colaba en los hogares, el ruido de un camión despertó el ligero sueño que había conciliado el joven inquieto. Tras recuperarse del sobresalto, se asomó cauto por su ventana. Aquel vehículo no se le hacía conocido, de otros años no era. Siguió mirando mientras el camionero aparcaba y empezaba la laboriosa tarea de descargar fuese lo que fuese que se escondía en las entrañas de su caja. 

El sueño de nuevo se apoderaba de Claudio y a pesar de querer resistirse, finalmente cayó rendido sin poder llegar a ver lo que aquel hombre empezaba a montar en su puesto de feriante.

A la mañana siguiente, el pequeño apareció acostado en su cama. Supuso que su padre, que antes de irse a trabajar pasaba a darle un beso, lo habría recogido de su puesto de vigilancia improvisado y lo habría metido en la cama. O tal vez, todo había sido un sueño... Ante la duda, saltó de la cama y miró por la ventana. Ahí estaba. Bajo una lona azul brillante se escondía lo que el misterioso individuo había montado durante la noche. 

La curiosidad se hizo cada vez más fuerte en Claudio, quien para afrontarla... era pésimo. Pero no tendría que esperar mucho, por fin llegaba la noche de estreno de las festividades del pueblo. Por fin...

El día se puso caprichoso, se empeñaba en hacer pasar las horas lentamente y no le corría ninguna prisa por apagarse. Sin embargo, el pequeño impaciente no se echaba atrás y miraba con detenimiento las curvas que se dibujaban en la lona del recién llegado, tratando de adivinar o imaginar locas teorías acerca de lo que guardaba con tanto recelo.
Al fin, las nueve marcaba el reloj de la mesita. Era hora. Tras vestirse con sus mejores atuendos, bajó a trote veloz por las escaleras de la casa hasta aterrizar torpe y nerviosamente en la entrada principal. Su madre ya aguardaba en la puerta sonriendo y le ofreció la mano, que aceptó con emoción y tras abrir la puerta... se adentraron en el recién nacido ambiente nocturno que se había hecho con las calles.

Todo brillaba. Las luces de las farolas se sentían intimidadas por las de todas aquellas guirlandas que colgaban por todo el pueblo. Los banderines ondeaban con la suave brisa veraniega y sus colores bailaban al ritmo de la verbena que recién empezaba, siempre puntual. La gente sonreía, bailaba y reía por doquier. Claudio adoraba aquello, con sus escasos 8 años ya era un auténtico fanático de esas fechas.

Sin embargo, su mirada trataba de escurrirse entre la gente hasta llegar a su vigilado punto del campo de feria. La lona. Prácticamente tiraba de su madre para apresurarse ya que, quien sabe... igual había desaparecido en su ausencia delante de la ventana. En cuestión de minutos, llegó a su destino y allí estaba...

Era enorme y circular. Lleno de colorido y música correteaba entre aquellas figuras que imitaban a unos majestuosos caballos. Perfecto, esa sería la palabra para definir lo que sus ojos veían. Giraba a paso ligero sobre si mismo y sus cabalgantes personajes subían y bajaban al ritmo de la melodía. Cada color parecía chispear energía...

Claudio no supo reaccionar ante aquello, era la novedad de la que todos hablaban... pero nadie le había advertido de lo que realmente le esperaba. Tras observarlo largo rato, su madre le ofreció subir a lo que había llamado tiovivo. Compraron la ficha y se encaminaron a uno de los caballos que le había llamado la atención. Tenía una mezcla de colores fucsia y celeste, adornado con unas riendas de las cuales colgaban detalles florales preciosos que poco envidiaban a la primavera de un prado. Una vez en posición, el mundo de Claudio empezó a girar y girar...

La noche fue única para el pequeño observador. Y al finalizar las fiestas, ya había contado los días que faltaban para volver a subir en aquel magnífico tiovivo que en cuestión de minutos le había hecho volar tan alto en sus fantasías.



Foto y texto originales de Caroline A.N.








martes, 18 de septiembre de 2012

Beth abrió un ojo. Después el otro. Poco a poco. El despertador no paraba de sonar. Una y otra vez ese horrible sonido que la sacaba de sus sueños, ese objeto maligno creado para destruirle el trabajo de toda una noche. Metió la cabeza debajo de la almohada... no paraba de sonar... ¿porque inventaron ese aparato tan insoportablemente útil pero irritante? Volvió a mirar hacia la mesilla, ahí estaba, tan redondito como falso. Y seguía. Sabía que si lo apagaba no lograría levantarse de la cama, y llegaría tarde al trabajo, y su jefe no estaba para soportarle otro día ocupando su puesto de trabajo... tarde... No, esta vez sería la primera en llegar. El horrible sonido seguía taladrándome la cabeza, Finalmente decidió alargar el brazo y apagarlo. Ahora venía lo realmente imposible, levantarse de cama. Miró la hora, las ocho menos cuarto. Calculando bien, si se quedaba en la cama unos quince minutos más, después le daría tiempo a ducharse y salir corriendo al trabajo, pero sin desayunar claro está... Y si desayunaba, tendría que llevar esa maraña comúnmente denominada pelo sin lavar. Finalmente apartó las sabanas que se negaban a abandonar su cuerpo y puso un pie en el suelo, sabía que si se levantaba en ese momento podría desayunar y lavarse el pelo también. Aparto el mechón de paja de la frente y con los ojos aun entrecerrados miró hacia el pasillo. Solo un pequeño esfuerzo y ya estaría empezado el día, lista para la rutina. En ese momento, oyó el cascabel del chico que le traía los periódicos los domingos.  Y acto seguido, se dejó caer hacia atrás maldiciéndose y maldiciendo el maldito despertador y su manía de cobrarse el tiempo incluso en fines de semana...



Foto y texto originales  de Caroline A. N.

lunes, 17 de septiembre de 2012

Lo primero que hacía Adán antes cuando llegaba a casa era saludarme, dedicarme algo de su tiempo y después se ponía a hacer sus cosas. Ahora, lo único que hacía era olvidarse de que yo estaba allí y no dedicarme ni sonrisas ni palabras.

Las cosas habían cambiado desde que había encontrado un trabajo. Era lo que más deseaba y, al fin y al cabo, yo quería lo mejor para él... pero no tenía ni idea de que las cosas fuesen a cambiar tanto entre nosotros. Bajar a dar una vuelta, ir de paseo por el centro cuando está lleno de gente... mil y una cosas que ya no hacíamos. De puro milagro íbamos a dar una vuelta a la manzana y aun así, en pleno silencio y teniendo la sensación de que para él era un suplicio.

Me hice a la idea de que Adán ya no volvería a ser el mismo aquella tarde cuando regresó algo malhumorado. Era raro verle enfadado pero, por lo visto, no imposible. Iba quejándose por lo bajo de algo acerca de un aumento y de un jefe tacaño cuando me acerqué a él para intentar calmarle y, sin darme ni siquiera tiempo a reaccionar, Adán me pegó con el cinturón del pantalón que se acababa de quitar. Se refirió a mí por primera vez desde que estábamos juntos como “la pesada”...

Corrí hasta la sala de estar con un fuerte dolor en la oreja. Me senté en un rincón y traté de hacerme invisible para no molestar. No sabría decir cuanto tiempo pasé en la salita, pero a mí se me hizo eterno. De pronto lo oí acercarse, volvía, y no sabía muy bien si seguía de malhumor o si ya me podía acercar. Se asomó a la puerta y me dijo que me traía un poco de agua y algo de comer.

Yo seguía muerta de miedo así que Adán, dándose cuenta de que yo no reaccionaba, se sentó a mi lado y me acarició la oreja. Fue en ese momento cuando lo reconocí. Adán se disculpo dándome un achuchón y me prometió no volver a pegarme nunca porque yo era su Linda, su compañera de cuarto, mascota y mejor amiga desde siempre.



 

Foto y texto originales de Caroline A.N.

domingo, 16 de septiembre de 2012


Juguemos con la “caja tonta”. Veo, veo... ¿Que veo?
Veo ignorancia. Veo intolerancia. Veo políticos lanzándose puñales. Veo deportes. Veo muertes y veo personas con un color de piel distinto al nuestro tratando de robar terreno a la muerte lanzándose al mar a una aventura de dudoso final. Veo manos tendidas, para tratar de amenizar el golpe. Veo inmigración. Veo emigración. Veo frío. Veo calor. Veo el tiempo que va a hacer los siguientes días, aunque mañana mismo ya no recuerde si lo que se dijo era verdad o no. Veo sol. Veo lluvia. Veo sequía. Veo inundaciones. 

Veo debates sin sentido entre personas en cuyas manos esta el “supuesto ansiado futuro” del mundo. Veo guerras. Veo niños armados y otros abandonados en una bolsa de basura dentro del contenedor de la esquina. Veo hambre. Veo mujeres destinadas a hombres sin ser por su propia voluntad. Veo placer. Veo nacer mil y una enfermedades. Veo casas. Veo mansiones. Veo chabolas. Veo vertederos de basura, lugar de trabajo de algunos y hogar de otros. Veo animales en extinción, en cautividad, salvajes, domésticos, en jaulas o libres. Veo gente corriendo detrás de un balón. Veo otros que lo hacen botar. Veo afición. Veo actualidad. Veo realidad. Veo donaciones de órganos. Veo como la familia puede negarse a ello en caso de que tú ya no puedas llevarle la contraria. 

Veo belleza. Veo complejos. Que si eres alta o baja. Gorda o flaca. Rubia o morena. Si te ríes o si lloras. ¿Acaso tu aspecto ha llegado a molestar o a ser obstáculo en la vida de alguien? Veo un “si”. Veo un “no”. Veo anuncios. Veo consumismo. Veo campañas contra la droga. Veo pocos resultados. Veo accidentes. Veo comas etílicos a temprana edad. Veo series que no llevan a ninguna parte. Veo diversión. Veo comunicación. Veo condicionamiento social en jóvenes y ancianos. Veo como nos cuentan la vida de personas que nunca hemos visto ni conoceremos jamás. Se ven tantas cosas... y todo ello en un “mísero” cubo que nos muestra un mundo tras otro, sin necesidad de moverme del sofá.

Ahora te toca a ti...



Veo, veo... ¿Que ves?


Foto y texto originales de Caroline A.N.

sábado, 15 de septiembre de 2012


Me levanté como cualquier otra mañana para desayunar y marchar al colegio. Mamá estaba sentada removiendo un café que ya debía de estar más mareado que la abuela cuando sube a la noria. Mi desayuno estaba ya listo, me disponía a untar mis tostadas, cuando mi madre suspiró. Al principio no le hice mucho caso, ya sabemos todos como son los adultos, siempre con pajarillos en la cabeza, pero cuando empecé a untar la mantequilla y el único ruido era el ir y venir de mi cuchillo en el pan, mi madre suspiró de nuevo. La curiosidad pudo conmigo en esta ocasión, y le pregunté el porqué de tanto suspirar: 

- ¿Porque suspiras, mamá? 

Mi madre alzó la cabeza ligeramente y me miró con cara cansada. Fue en ese momento cuando reparé en las ojeras que decoraban su cariñoso rostro, en la sutil forma con la que recolocaba una y otra vez su camisón con tal de ocultarme las magulladuras que su piel delataban. Suspiró una vez más antes de contestar a mi pregunta: 

- Mi niña, las personas suspiran por muchas cosas: por un largo día de trabajo, por pensar en momentos felices que pertenecen al pasado, por cansancio… por ver cómo crecen nuestras criaturillas… por echar de menos a alguien, por anhelo… hay muchos motivos para suspirar. 

La explicación de mi madre sin duda tenia lógica, pero a veces creo que no se da cuenta de que tengo un par de ojos que todo lo ven, y unas orejas rosadas que todo lo oyen, además de una inocente mentalidad que casi todo lo entiende, a mi manera claro. Tras comerme mis tostadas sumergida en mis pensamientos, me levanté de la silla y abracé a mi madre, luego suspiré de manera prolongada y acentuada. Mi madre me miró con cara extrañada y sin comprender me preguntó: 

- Y tú cielo, ¿por qué suspiras?

- Mamá, tu suspiras porque dices que hay muchas razones para suspirar, pues yo ahora también he comprendido que cuando una está cansada de ver como su padre levanta la mano a su madre se mezclan todas las causas que me has enumerado: un largo día en el colegio, echas de menos aquellos momentos en los que éramos una familia unida, estoy cansada de que olvidéis que os veo discutir día y noche, voy creciendo en un mundo de amenazas y silencio, echo de menos a mi papá de antes, el que era siempre cariñoso… ¿te parecen suficientes mis razones para suspirar? 

La cara que se le quedó mi madre es muy difícil de describir, supongo que se puso a pensar en que ya no era una niña, o quizás en que a pesar de que ella hubiese preferido disimular todo lo que estaba sucediendo, yo me había dado cuenta de todo.

Solo ella sabe lo que se le cruzó por la mente. Yo solo puedo decir que unas lágrimas le cayeron mejilla abajo y murieron en la mesa. Y después sencillamente… me abrazó murmurando que sentía mucho guardar silencio y que nunca se le hubiera ocurrido pensar que yo era un personaje más de su drama, o más bien, una víctima más de los malos tratos que mi madre llevaba sufriendo desde meses atrás…






 Foto y texto originales de  Caroline A.N.
Nota: El texto precedente no pretende en ningún momento ser autobiográfico.

viernes, 14 de septiembre de 2012

Dos años habrán pasado más o menos desde la primera vez que alguien de mi entorno me dijo "¡Hazte un blog!", y por fin he dado el paso. Principalmente me echaba para atrás el compromiso que suponía para mi adentrarme en este mundillo, "O lo hago bien, o no lo hago." era lo que me repetía yo misma evitando así lanzarme sin pensarlo.

Supongo que siempre he retenido las ganas de crearlo pero a su vez, le guiñaba el ojo a la idea de poder escribir a través de lo que hoy en día se supone que son los nuevos medios de comunicación global.

En resumen, aquí me tenéis.

¿Que quien soy yo? Fácil respuesta. Podría empezar diciendo como me llamo, que asomé la cabeza al norte Francia en 1990 y resido desde muy pequeña en España... que soy estudiante de Formación Profesional en la rama de las Artes Gráficas (Preimpresión e Impresión), y muchas más cosas sobre mí que a mi modo de ver no son más que etiquetas demasiado vistas. 

Prefiero presentarme de otro modo. Mi nombre es Caroline... amante y practicante de la fotografía, coleccionista de momento robados con el objetivo, le pongo banda sonora a cada instante de mi rutina, me enamoré hace años de las tierras gallegas en las que ahora vivo, adoro a mi familia, me chifla el mundo de las Artes Gráficas con el que convivo cada día, me encantan esos momentos que se abren hueco en la memoria con mis amigos, casada con  mi cámara y mi guitarra, adoro los animales y odio a quienes abusan de su "humanidad" para dañarlos... esa, si soy yo.







 
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