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domingo, 23 de septiembre de 2012

El ladrón de instantes.

2 comentarios:
 
Día tras día, recorría la misma ruta para ir a trabajar. Descendía por una de las calles del casco antiguo para poder acortar el tiempo que me llevaba alcanzar la meta y de paso, poder escapar de las ruidosas bocinas y del barullo de la hora punta. Conocía muy bien aquello, y los personajes que conformaban mi pequeño paseo matutino. Era cierto que desconocía sus nombres, pero no la función que desempeñaban en mi ciudad. 

En cuanto emprendía mi camino a través de aquellas calles, me llegaba el olor a pan recién hecho de la panadería de la esquina junto con la fragancia de sus deliciosos y tentadores dulces. Aun no se había disipado del aire el toque dulzón cuando ya lo impregnaban las flores del puesto que metros más allá se instalaba. Siempre lucían perfectas, coloridas y juguetonas con las primeras brisas de la mañana. Podría seguir hablando de todos y cada uno de los individuos que decoraban mi rutina, pero ya os hacéis una idea de lo mágico que era caminar entre aquellos muros de piedra que mil historias tenían que contar.

Todo era igual, hasta que un día mi ruta tuvo un personaje más que presentarme. Se había instalado al lado de la fuente. Me encantaba aquel rincón, en el que bastaba con sentarte al lado de las aguas y dejarte mecer por el arrullo de su caída para olvidar cuanto el estrés pudiera perjudicarme. Al principio no conseguía ver que papel le había tocado interpretar en todo mi cuadro, hasta que pude observar una caja de la cual sacaba piezas y con minuciosa fragilidad las montaba. Una vez hubo acabado,  pude contemplar  una hermosa cámara de fotos que, sin duda alguna, cientos de caras habría retratado y otros tantos momentos había inmortalizado.

Si me retrasaba demasiado, llegaría tarde a trabajar y supondría otra bronca de mi jefe. Con recelo seguí andando, con la intención ya más que clara de volver al finalizar mi turno para interrogar a aquel desconocido.

Las últimas luces caían tras las montañas cuando por fin, terminé mi jornada. Me dirigí casi corriendo hasta la fuente donde esperaba encontrar al curioso hombre de los retratos. Una vez allí, y tras comprobar que no corría riesgo alguno acercándome sola a un hombre cuando la ciudad ya soplaba viento de soledad en sus calles, le saludé con cautela y recibí como respuesta un leve pero apreciable asentimiento de cabeza. No mencionaba una sola palabra, respondía a mis preguntas y dudas con gestos. 

Tras ver que no iba a poder averiguar nada del retratista, me despedí y justo cuando iba a iniciar mi marcha de vuelta a casa... una mano agarró mi brazo y me frenó en seco. Sentí que mi corazón latía cada vez más fuerte y por mi cabeza pasearon una corriente imparable de remordimientos por ser tan imprudente. Pude respirar al fin cuando me soltó y con un sutil movimiento de mano me indicó que me colocara delante de su cámara. Lo hice inconscientemente, no sabría decir si por miedo o curiosidad.

Me miraba con sabiduría y ojos de artista calculador. Se frotó la barba con una mano, mientras con la otra medía el aire que me rodeaba. Por fin acabó mi espera, apenas tuve tiempo de reaccionar cuando una cegadora luz me dejó aturdida. El hombre asintió de nuevo e hizo de nuevo un movimiento de mano para indicarme que me podía ir.

Volví a casa con paso apresurado, el corazón me corría con tal fuerza que poco tenía que envidiar a una manada de ñus huyendo. El sueño no me fue fácil de conciliar, no entendía lo sucedido y la preocupación de que podría haberme pasado se negaba a remitir.

Cuando el sol se coló de nuevo por mi ventana, seguí mis costumbres y tras desayunar me dirigí al trabajo. Estaba decidida a resolver el cuento del misterioso individuo. Pero para mi sorpresa, cuando llegué a la fuente, él no estaba. Quizás llegaría más tarde, o de eso me intentaba convencer yo. Otro día más de intenso papeleo llegaba a su fin, y de nuevo puse rumbo al puesto del fotógrafo.

Nadie. Allí no se veía ni la más mínima señal de que en todo el día hubiese estado alguien. Me acerque frustrada y con pinceladas de rabia asomando. Me senté en el pequeño banco de piedra y la sorpresa que llevé fue totalmente bipolar. Posada sobre la fría piedra estaba la foto. El retrato era espectacular, los contrastes entre el blanco y el negro rozaban la perfección, el encuadre insuperable y la expresión de mi rostro me era desconocida pero me agradaba.

Detrás del retrato escrito quedó por mano ajena:

“Las palabras conquistan el mundo, no todas son habladas, y las imágenes cuentan sus historias. Guarde en su memoria el recuerdo de un pobre viejo que a cuestas carga con la edad y al mundo roba su esencia tras su inmortal caja. Con afecto y sutileza, le saluda un artista admirador de su belleza. Firmado: El Mudo.”


Foto y texto originales de Caroline A.N.







2 comentarios:

  1. me encanta carol, enhorabuena
    y donde sacaste esa foto? me intriga!

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  2. Muchas gracias! Es una foto tomada en Santiago de Compostela, en los alrededores de la catedral. Le tengo especial cariño, de ahí que quisiese acompañarla de su propia historia.

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