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miércoles, 19 de septiembre de 2012

El Tiovivo.

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La tarde avanzaba calurosa aquel día. Los banderines coloreaban las calles anunciando las fiestas del pueblo y el olor a los pasteles que acompañarían los bailes por la noche ponían el toque final al ambiente.

Claudio observaba desde su ventana las nubes buscando formas que adivinar y admirar. Desde allí podía ver el campo de la feria con sus múltiples tenderetes de comestibles y alguna que otra atracción. Desde que le habían anunciado las festividades vigilaba desde la habitación cada movimiento de cada día y de cada uno de los personajes que por allí pasaban. Impaciente, aguardaba la llegada de aquella primera noche del verano para salir con su mejor par de pantalones y su más blanca camisa.

Su madre lo llamó por tercera vez para comer, pero  Claudio seguía absorto en la perfecta armonía que conformaba todo aquello. Finalmente, bajó y se sentó en la mesa junto a su padre. Con una sonrisa de oreja a oreja, este le preguntó:

-         -  ¿Estás listo para las fiestas, renacuajo?

Por supuesto que lo estaba, desde hacía semanas contaba los días que faltaban en el calendario.

-          - Si, padre. Lo estoy.

-          Dicen que este año habrá algo nuevo, algo único nunca visto por aquí. Y que a los niños encanta...

-          - ¿Qué es?

No se lo podía creer... ¿Algo nuevo? ¿Acaso se podían mejorar las fiestas de otros años?

-          - No lo  sé, pero apuesto a que pronto lo descubrirás.

Durante el resto de la comida, Claudio dejó divagar su enorme imaginación pensando en que podría ser aquello que encantaría a los niños del pueblo. Por su cabeza pasaron dragones enjaulados, norias que tocaban los cielos, colchonetas que hacían saltar tanto que se podían cazar estrellas... todo demasiado fantástico, pensó, pero dejó que sus sueños lo entretuvieran el resto de la tarde.

Horas más tarde, cuando la noche ya se colaba en los hogares, el ruido de un camión despertó el ligero sueño que había conciliado el joven inquieto. Tras recuperarse del sobresalto, se asomó cauto por su ventana. Aquel vehículo no se le hacía conocido, de otros años no era. Siguió mirando mientras el camionero aparcaba y empezaba la laboriosa tarea de descargar fuese lo que fuese que se escondía en las entrañas de su caja. 

El sueño de nuevo se apoderaba de Claudio y a pesar de querer resistirse, finalmente cayó rendido sin poder llegar a ver lo que aquel hombre empezaba a montar en su puesto de feriante.

A la mañana siguiente, el pequeño apareció acostado en su cama. Supuso que su padre, que antes de irse a trabajar pasaba a darle un beso, lo habría recogido de su puesto de vigilancia improvisado y lo habría metido en la cama. O tal vez, todo había sido un sueño... Ante la duda, saltó de la cama y miró por la ventana. Ahí estaba. Bajo una lona azul brillante se escondía lo que el misterioso individuo había montado durante la noche. 

La curiosidad se hizo cada vez más fuerte en Claudio, quien para afrontarla... era pésimo. Pero no tendría que esperar mucho, por fin llegaba la noche de estreno de las festividades del pueblo. Por fin...

El día se puso caprichoso, se empeñaba en hacer pasar las horas lentamente y no le corría ninguna prisa por apagarse. Sin embargo, el pequeño impaciente no se echaba atrás y miraba con detenimiento las curvas que se dibujaban en la lona del recién llegado, tratando de adivinar o imaginar locas teorías acerca de lo que guardaba con tanto recelo.
Al fin, las nueve marcaba el reloj de la mesita. Era hora. Tras vestirse con sus mejores atuendos, bajó a trote veloz por las escaleras de la casa hasta aterrizar torpe y nerviosamente en la entrada principal. Su madre ya aguardaba en la puerta sonriendo y le ofreció la mano, que aceptó con emoción y tras abrir la puerta... se adentraron en el recién nacido ambiente nocturno que se había hecho con las calles.

Todo brillaba. Las luces de las farolas se sentían intimidadas por las de todas aquellas guirlandas que colgaban por todo el pueblo. Los banderines ondeaban con la suave brisa veraniega y sus colores bailaban al ritmo de la verbena que recién empezaba, siempre puntual. La gente sonreía, bailaba y reía por doquier. Claudio adoraba aquello, con sus escasos 8 años ya era un auténtico fanático de esas fechas.

Sin embargo, su mirada trataba de escurrirse entre la gente hasta llegar a su vigilado punto del campo de feria. La lona. Prácticamente tiraba de su madre para apresurarse ya que, quien sabe... igual había desaparecido en su ausencia delante de la ventana. En cuestión de minutos, llegó a su destino y allí estaba...

Era enorme y circular. Lleno de colorido y música correteaba entre aquellas figuras que imitaban a unos majestuosos caballos. Perfecto, esa sería la palabra para definir lo que sus ojos veían. Giraba a paso ligero sobre si mismo y sus cabalgantes personajes subían y bajaban al ritmo de la melodía. Cada color parecía chispear energía...

Claudio no supo reaccionar ante aquello, era la novedad de la que todos hablaban... pero nadie le había advertido de lo que realmente le esperaba. Tras observarlo largo rato, su madre le ofreció subir a lo que había llamado tiovivo. Compraron la ficha y se encaminaron a uno de los caballos que le había llamado la atención. Tenía una mezcla de colores fucsia y celeste, adornado con unas riendas de las cuales colgaban detalles florales preciosos que poco envidiaban a la primavera de un prado. Una vez en posición, el mundo de Claudio empezó a girar y girar...

La noche fue única para el pequeño observador. Y al finalizar las fiestas, ya había contado los días que faltaban para volver a subir en aquel magnífico tiovivo que en cuestión de minutos le había hecho volar tan alto en sus fantasías.



Foto y texto originales de Caroline A.N.








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