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jueves, 4 de octubre de 2012

Inestables.

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Una mirada bastó para que me hiciera una idea de lo que había pasado. Con las manos aun llenas de sangre, sus lágrimas aun correteando mejillas abajo y los nervios jugándole una mala pasada impidiéndole hablar con coherencia... me contó como había llegado a esos extremos.

Desde que el verano pasado nos habíamos conocido en la fiesta de mi prima, había encontrado en él alguien en quien confiar, con quien huir de las discusiones que a menudo se repetían con mi pareja y una persona con la que contar para pasear largas tardes por la alameda de mi ciudad. Jonathan era así, receptivo sea cual fuese el momento del día y disponible el resto del tiempo. Sin embargo, a la inversa era totalmente diferente. No lograba sonsacarle nada sobre lo que en su cabeza se paseaba.

La semana anterior, un sábado por la tarde más concretamente, me había entrado el antojo de ir de tiendas al nuevo centro comercial que acababa de abrir. La tarde fue muy amena y tras rogar durante horas, Jonathan accedió a reunirse conmigo. Mientras le esperaba delante de una tentadora pastelería, cargada de bolsas y con los pies palpitando como si tuviesen vida propia... me encontré con una antigua compañera del instituto. Charlamos un rato, lo cual agradecí visto que cierta persona tardaba más de la cuenta en llegar, hasta que finalmente anunciaron por megafonía el cierre del centro.

Salíamos por la puerta principal justo cuando apareció Jonathan. Hice las presentaciones correspondientes y para cuando me di cuenta, yo era ajena a una conversación que mantenían los dos sobre películas. Solté la mentira piadosa del día al decirle a mi amiga Lena que Jonathan vivía cerca de su calle y como ya era tarde, era conveniente que la acompañase. Ambos se despidieron de mi y fue en ese momento cuando me imaginé a mi misma con unas alas de lo más encantadoras y un arco en mano cargado, estaba claro que el cansancio empezaba a hacer acto de presencia.

Pasaron los días y los tres pasábamos tarde tras tarde recorriendo la ciudad sin nunca llevar rumbo fijo. Las chispas entre ellos saltaban candentes de un lado a otro, por lo cual decidí dejarles espacio aquellas horas que quedaban para el anochecer y fingí un tremendo dolor de cabeza para poder escaparme sutilmente.

Y a la mañana siguiente, fue cuando Jonathan se presentó en mi casa teñido de rojo.

Aun no comprendía muy bien si aquello se trataba de una broma o si tenía que preocuparme seriamente... o tal vez era el momento de gritar a lo película de terror de alto presupuesto. Simplemente, me quedé callada y noté como mi cuerpo poco a poco se enfriaba. Desde fuera me hubiese visto más blanca que la pared que nos rodeaba en aquellos momentos.

Jonathan se dejó caer en un rincón, recogió sus rodillas y enterró la cabeza en ellas. Yo seguía sin reaccionar. No podía hacer nada que no fuese mirar sus rojizas manos e imaginarme lo peor o quizás, esperarme lo mejor dentro de lo que cabía.

No sabría decir si pasaron minutos u horas, pero Jonathan por fin habló claramente pero ausente de cordura.

Tras mi escapada, él y Lena habían proseguido su paseo hasta completar el recorrido de la muralla que rodeaba el casco antiguo. La marcha era lenta, la brisa lo justo para no enfriarse y la tensión entre ambos adornaba la escena de una manera torpe y cómica. Cuando por fin se sentaron en un banco del parque cerca de la casa de ella, empezó algo que Jonathan hubiese querido evitar a toda consta. Lena le contó experiencias pasadas, roturas, problemas personales con su padre y un sinfín de cosas que le habían sucedido con el paso de los años. Cuando le llegó su turno a él, se negó rotundamente alegando que no quería amargarle la noche y Lena, para su desgracia, insistió. Tras largos silencios incómodos aliñados de discusiones acerca de la carencia de confianza que él mostraba, le relató lo que jamás le había contado a nadie, un pasado manchado de maltratos, abusos, centros de menores y robos por doquier. Y fue en ese momento cuando vio el miedo en sus verdes ojos, fue en ese instante cuando una vez más... la lástima que asomó en su cara despertó la rabia que tanto tiempo llevaba dormida. Tras gritarle y desagradecerle su compasión, se levantó y puso rumbo a su casa. Lena, sin saber como reaccionar, tardó unos segundos antes de echar a correr detrás de él. 

A penas habían llegado a la puerta de la muralla cuando la discusión estaba en su más alto auge y los insultos ya eran parte del vocabulario frase a frase. Y poco después, el tiempo se aceleró raudo y veloz sin dejarle tiempo a las piedras que observaban tras siglos sin aventuras, a entender la escena que se presenciaba. 

Un golpe tras otro. Un grito acompañaba el siguiente. Un guijarro del tamaño de un puño, sin soltarse de la mano que lo aferraba, se hundía en un cráneo. Y acto seguido, un cuerpo se alejaba del otro corriendo como alma huye al diablo.

Mi corazón latía lento por momentos, y por otros... sencillamente moría. Me senté junto a él y apoyé en su hombro. Todo va a salir bien, era lo único que repetí durante las horas que sucedieron.

Y ahí esta él, tras los barrotes de la justicia. Y aquí estoy yo, tras las paredes acolchadas de mi habitación, deseando salir para poder gritarle al mundo que no era tímido, sino un niño traumatizado encerrado en un cuerpo de un hombre... y yo ya no soy persona, sino un cuerpo inerte encerrado en uno que pasea de un lado a otro en mi vigilado jardín, tras similares pero no iguales rejas.


Foto y texto originales de Caroline A.N.





 

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